jueves, 3 de septiembre de 2009

Retrato de Sofía



Retrato de Sofía a pastel. Tamaño 95 x 68 cms.

EL ARROYUELO DESCONTENTO

Esta es la historia de un pequeño arroyo que manaba su agua de la ladera de una alta montaña. Sus aguas tan cristalinas daban de beber a cuantos animales allí acudían, sin embargo, el pequeño arroyo no estaba contento con su suerte: “Sigo el mismo camino desde hace siglos y aunque soy siempre nuevo, es verdad que soy muy viejo”, cantaba y cantaba el arroyuelo.

El hada del lugar, cansada de oírle suspirar, le concedió un deseo: dime, arroyuelo ¿qué quieres para ser feliz?

Quiero de aquí partir, quiero poder hablar, quiero de esta suerte mía poder escapar.

Está bien, dijo el hada, aunque arroyo más lindo nunca vi, ni animales con más gusto venir a beber aquí, te concedo tu deseo.

Y diciendo esto, el hada tocó con su varita mágica al arroyuelo y al momento el agua dejó de manar de la montaña, allí sólo había ahora una preciosa dama.

¡Qué maravilla!, dijo la joven, ya no estoy prisionera del cauce, tengo piernas para caminar, ¡rápido me escaparé de este lugar!.

Y el arroyuelo transformado en mujer se dispuso a correr hacia la nueva vida que lejos de la montaña emprendería.

Al principio corría, luego caminaba, y al llegar la noche, la joven estaba bien cansada. “Antes nunca me agotaba y me movía sin cesar, unas veces rápida y otras lenta, pero nunca estuve quieta, como mujer, hacer lo mismo no puedo”, se dijo el antiguo arroyuelo.

Por suerte, una casita con un farol destacaba en el paisaje, y hacia allí, dando saltitos de alegría se dirigió la dama.

Llamó a la puerta y le abrió un joven cazador: “Por favor, no tengo donde dormir ni qué cenar, ¿podría pasar la noche aquí?”

Claro que sí, iba a cenar, hay para los dos, pasad.

Cuando la joven entró vio con horror unos animales muertos que el joven ese día mató.

Cuando era arroyo ellos venían a beber a mis aguas, musitó.

¿Por qué os habéis entristecido?, le preguntó el cazador.

Eran amigos míos.

¡Qué cosas decís!, son animales de la montaña, a los hombres no acompañan.

Entonces la joven vio un espejo en la pared y se acercó para su rostro poder ver.

Os miráis como si fuese la primera vez, dijo el joven cazador.

Y así es, nunca antes mi rostro vi, y no sé si soy hermosa o fea.

Tenéis los ojos del cielo, la piel del cristal más puro y vuestros rasgos evocan música y alegría, en verdad, a nadie tan hermoso he visto en mi vida.

La joven se sentó tímidamente, y como era la primera vez que comía, sólo quiso algo de fruta, a tomar la carne de sus antiguos amigos se resistía.

Luego, la mujer, cansada, se dejó caer en la cama y durmió hasta el amanecer. El cazador, un caballero, durmió en el salón sobre el suelo, y durmió bien, pues sobre la tierra había descansado más de una vez.

Por la mañana, la joven se quiso marchar. Gracias querido amigo por tu hospitalidad, pero mi sino es no quedarme en ningún lugar.

De nada valieron los ruegos del joven cazador. El antiguo arroyuelo vivía en la dama y seguir camino era lo que le pedía su alma.

Como dama, el arroyuelo vagó y vagó sin rumbo fijo. Fuera de su caudal, no sabía a dónde llegar. Ni se casó ni tuvo hijos, para eso hay que parar en algún sitio, pero aquella joven dama que siempre encontraba asilo, con el nuevo día su viaje otra vez emprendía.

Los años pasaron y la dama se hizo mayor, sus cabellos encanecieron y sus fuerzas decayeron, buscó el mar y en él se metió más y más adentro. Como no sabía nadar se empezó a ahogar, entonces el hada se le apareció de nuevo.

Hada del bosque, siempre añoré mi verdadera vida, ¡conviérteme de nuevo en agua cristalina.

¡Pobre arroyuelo!, tu cauce se secó y la vida de aquel lugar se transformó. Se te echó de menos, el agua es siempre la expresión más pura de la vida, pero tú quisiste otra suerte, y ésta es la que ahora tienes.

La dama empezó a llorar, pero vio que sus lágrimas con el mar se fundían y sintió una gran alegría. ¡Mi alma es agua, ya estoy en casa! Y feliz, al mar se entregó encantada.

Y aquí termina esta historia de este pequeño arroyuelo-dama, pues aunque nos cambien la forma no nos cambiarán el alma.