Hace muchos años, en unas lejanas tierras, nació un niño con siete cabezas, todas iguales, de pelo negro rizado, grandes ojos negros y boca pequeña.
Loa padres se desembarazaron de él dejándolo abandonado a su suerte en el bosque cercano a aquel pueblo, tras haberle pagado a la comadrona una buena suma de dinero, para que dijese que el bebé había nacido muerto y pronto lo habían enterrado.
Pasaron los años y de aquel niño de siete cabezas los padres se habían olvidado. No habían tenido más hijos por temor a que saliese otro parecido y ambos, marido y mujer se habían dedicado por completo a sus trabajos, él era funcionario y ella cocinaba dulces que vendía a vecinos y amigos.
Un día apareció en el pueblo una mujer muy anciana que aparentaba tener más de cien años, su rostro estaba completamente arrugado aunque sus ojos brillaban mostrando un espíritu joven y fuerte. Vestida totalmente de negro, buscaba a una mujer que hubiese dado a luz hacía diez años, a principios de verano.
La gente le explicó que esa mujer era Rosa, la cocinera de exquisitos dulces, que había tenido a su hijo a principios de verano de hacía diez años, pero por desgracia aquel niño había nacido muerto. La anciana quiso que le mostrasen la casa donde Rosa vivía y cuando llegó llamó a la puerta.
Cuando Rosa abrió la puerta y vio a la anciana palideció, instintivamente supo que aquella mujer no acudía a comprarle sus pasteles sino que la visitaba por otra cuestión no tan dulce.
Cuando estuvieron a solas, la anciana mujer, sin presentarse siquiera le increpó: ¿Cómo pudiste abandonar a tu hijo de siete cabezas?
Rosa la miraba atónita mientras respondía débilmente: mi hijo murió al nacer.
¡Mentira!, exclamó la mujer. Abandonaste a tu hijo en el bosque para que muriese, pero tu hijo vivió gracias a mí, que lo encontré y recogí.
La pastelera se echó a llorar. ¿Quién eres?, le preguntó entre sollozos.
¿Quién soy?, ¿qué más te da? ¿No te importa más saber cómo está tu hijo?
¿Cómo está?, preguntó la mujer.
Es un niño muy especial, no sólo porque como sabes, tiene siete cabezas, sino por cómo las usa.
¿Puedo verlo?
Claro que puedes, eres su madre y, sobretodo, él quiere conocerte, por eso estoy aquí, le he prometido que regresaría contigo. Vamos ahora.
¿Ahora dices? ¿No debería esperar a mi marido?
No, él sólo quiere conocerte a ti.
Rosa se quitó el delantal, apagó el horno donde se cocían sus pasteles y salió de la casa junto a la anciana, internándose con ella en el bosque.
Anduvieron en silencio durante un par de horas y llegaron ante un árbol de tronco enorme, allí la anciana dio un salto y como por arte de magia desapareció dentro de él. Haz lo mismo que yo, le dijo a Rosa.
Rosa hizo exactamente lo mismo y desapareció al igual que la anciana. Dentro del tronco había oscuridad total, la anciana sacó de su bolsillo una vela y unas cerillas, al encender la vela, Rosa pudo ver unas escaleras que bajaban a una sala excavada bajo tierra.
¿Vives aquí?, le preguntó a la anciana.
Ésta no dijo nada, se limitó a bajar ágilmente los escalones, en la sala había una gran mesa con varias velas dispuestas que la anciana encendió.
Voy a llamar a tu hijo, dijo la anciana.
Rosa se sentó en una de las toscas sillas y se echó a temblar. Tenía verdadero miedo de enfrentarse a aquel hijo que había abandonado y al que habían olvidado aquellos años.
En esos pensamientos estaba mientras la anciana llamaba a una puerta al fondo: Sal, hijo mío, tu madre está aquí.
La puerta se abrió rápidamente y salió un niño alto, moreno y de grandes ojos negros, que se acercó a Rosa decidido, mirándola atentamente. ¿Eres mi madre?, le preguntó.
Rosa miraba al chico sin saber qué decir, ¡claro que era su madre!, recordaba su pelo negro y ensortijado, sus grandes ojos negros y su boca pequeña, ¿pero y las otras cabezas?, Rosa no entendía nada. Aquel niño era totalmente normal.
Tu hijo tiene siete cabezas, dijo la anciana al fin, y utiliza una cada día de la semana, y cada día de la semana es un nuevo niño. En realidad, tú tuviste siete hijos de una vez, no uno.
No comprendo nada, ¿cómo puede mi hijo separarse de las otras cabezas?
Ni yo misma lo sé. Tu hijo es un misterio también para mí. Por la noche, en la cama duerme un niño de siete cabezas, y por la mañana se levanta el mismo niño con solo una cabeza por día, las otras siguen durmiendo.
Pero son todas iguales, ¿cómo las distingues?
Por la voz, dijo la anciana, y por el carácter. A cada una le di un nombre: Juan es el nombre de la cabeza de los lunes, Alberto de los martes, Carlos de los miércoles, Vicente de los jueves, Mariano de los viernes, Alfonso de los sábados y Ricardo de los domingos.
Entonces, dijo Rosa, he conocido a mi hijo Alberto, porque hoy es martes.
Sí, dijo la anciana, tendrás que esperar a mañana para conocer a tu hijo Carlos, y si quieres conocer a los otros tendrás que permanecer aquí hasta que pasen siete días.
Mi marido se preocupará, dijo Rosa, y se alarmará si no regreso por la noche.
Está bien, dijo la anciana, pero vuelve mañana, todos tus hijos quieren conocerte.
Rosa abrazó al niño que la seguía mirando fijamente, sin decir una palabra más, y prometió visitarles al día siguiente.
Aquella noche, Rosa no pudo dormir, y su marido tampoco, pues ella le contó todo lo que le había ocurrido.
Te acompañaré mañana, dijo el hombre, pero cuando al día siguiente llegaron ante el enorme árbol, Rosa desapareció dentro de él, quedando fuera su marido tras darse un tremendo golpe contra el tronco.
Dentro reinaba oscuridad total, así que Rosa sacó una vela de su bolso y la encendió, bajó las escaleras y en la sala se encontró con la anciana y el mismo niño.
Éste es tu hijo Carlos, le dijo la anciana, y al niño: ésta es tu madre.
El niño se acercó con una gran sonrisa. ¡Mamá!, le dijo, ¡tenía tantas ganas de conocerte! Su voz era cantarina y risueña. Rosa abrazó a su hijo con alegría y ambos cantaron canciones. Carlos tenía una voz extraordinaria. Rosa estaba entusiasmada. ¡Mañana regresaré! Le dijo a la anciana al despedirse.
Fuera encontró a su marido impaciente, harto de esperar. Por el camino le fue contando que había conocido a su hijo Carlos, que le había llamado mamá, que tenía una maravillosa voz…
¡Mañana conoceré a Vicente!, pensó al acostarse, y tampoco esa noche pudo dormir, presa del deseo de conocer a sus otros hijos.
Al día siguiente, de nuevo sólo ella puedo entrar en el tronco del árbol y esta vez, aparte de la vela llevaba en el bolso ricos pasteles que a Vicente le encantaron. Resultó que este hijo suyo era un glotón y apenas le hizo caso a ella, dando buena cuenta de los dulces que le había llevado.
La anciana le preguntó si regresaría la tarde siguiente a conocer a su hijo Mariano. Rosa lo prometió antes de marchar. Su marido la esperaba fuera, y de camino a casa Rosa le contó lo mucho que le gustaba comer a su hijo Vicente, igual que a tu padre, recalcó.
Aquella noche, Rosa tampoco pudo dormir y se levantó con marcadas ojeras Mujer, tienes que descansar, fíjate en la cara de cansada con que te has levantado.
Pero Rosa no pensaba en otra cosa que en conocer a su hijo Mariano, y a la hora convenida, dejó a su marido fuera y ella entró en el tronco del gran árbol.
La anciana la esperaba con el que parecía ser el mismo niño, sin embargo éste, aunque igual que los otros, parecía muy tímido y se escondía tras la anciana, no quería acercarse a ella.
Rosa le suplicó y explicó que no le haría nada malo, que sólo deseaba abrazarle y hacerle saber que le quería, pero el niño, obstinado se protegía tras la anciana, y Rosa regresó junto a su marido sin haberle podido hacer una caricia ni dado un beso, ni siquiera había conseguido que su hijo Mariano la mirase.
Con esa pena no pudo dormir esa noche, y ya se le notaba la falta de descanso, sin embargo, no quiso dejar de ir al bosque, tenía que conocer a su hijo Alfonso.
Resultó que Alfonso era muy travieso y un poco desvergonzado, cuando quiso abrazarlo le propinó un empujón que casi la tira y luego corrió por la habitación sin dejarse coger, burlándose de ella:” Tú no eres mi madre”, le cantaba, “mi madre está ahí sentada”, y señalaba a la anciana que sonreía complacida.
Esta vez Rosa anduvo hacia su casa sin poderle contar a su marido cómo era su hijo Alfonso, porque no paraba de sollozar. De tristeza, tampoco pudo dormir aquella noche.
Su marido estaba realmente preocupado: Rosa, así no pues seguir, trabajando por las mañanas y sin dormir por las noches, y dándote largas caminatas por el bosque por las tardes, te estás quedando en los huesos y has perdido el color,¡ vas a enfermar!
Rosa escuchaba a su marido sin entrar en razón, estaba decidida a conocer a su hijo Ricardo y no pensaba faltar a la cita por nada de este mundo.
A Ricardo, aparte de los dulces le llevó unos juguetes que el niño cogió encantado, era un niño muy educado y noble, le explicó a Rosa que se alegraba de conocerla al fin, y Rosa, feliz, le apretó contra su pecho llorando de alegría.
Y alegre fue, junto a su marido, el camino de regreso a casa. Tan contenta estaba que aquella noche tampoco durmió pensando en su maravilloso hijo Ricardo.
Por la mañana, Rosa no parecía ni su sombra, pero hizo oídos sordos a las súplicas de su marido y se dispuso a ir al bosque por la tarde.
Caminaron en silencio hasta llegar al enorme tronco, entones el hombre sujetó a su mujer para que no saltase dentro. No vayas, Rosa, estás débil, son demasiadas emociones.
Suéltame, le exigió ella con frialdad, luego nos veremos.
Abajo, en la sala estaba en la anciana con su hijo Juan, el único que le faltaba por conocer.
Juan se acercó a ella y cogiéndole las manos le dijo: mamá, qué bien que por fin que estés conmigo, prométeme que no me abandonarás nunca más.
Rosa sabía lo que esa promesa implicaba y aún así no dudó: Prometo que jamás te abandonaré, hijo mío, y abrazó a su hijo, emocionada. La anciana se levantó apagando las velas con su movimiento, por lo que se hizo oscuridad total. Entonces Rosa pudo por fin dormir…