jueves, 3 de septiembre de 2009

Retrato de Sofía



Retrato de Sofía a pastel. Tamaño 95 x 68 cms.

EL ARROYUELO DESCONTENTO

Esta es la historia de un pequeño arroyo que manaba su agua de la ladera de una alta montaña. Sus aguas tan cristalinas daban de beber a cuantos animales allí acudían, sin embargo, el pequeño arroyo no estaba contento con su suerte: “Sigo el mismo camino desde hace siglos y aunque soy siempre nuevo, es verdad que soy muy viejo”, cantaba y cantaba el arroyuelo.

El hada del lugar, cansada de oírle suspirar, le concedió un deseo: dime, arroyuelo ¿qué quieres para ser feliz?

Quiero de aquí partir, quiero poder hablar, quiero de esta suerte mía poder escapar.

Está bien, dijo el hada, aunque arroyo más lindo nunca vi, ni animales con más gusto venir a beber aquí, te concedo tu deseo.

Y diciendo esto, el hada tocó con su varita mágica al arroyuelo y al momento el agua dejó de manar de la montaña, allí sólo había ahora una preciosa dama.

¡Qué maravilla!, dijo la joven, ya no estoy prisionera del cauce, tengo piernas para caminar, ¡rápido me escaparé de este lugar!.

Y el arroyuelo transformado en mujer se dispuso a correr hacia la nueva vida que lejos de la montaña emprendería.

Al principio corría, luego caminaba, y al llegar la noche, la joven estaba bien cansada. “Antes nunca me agotaba y me movía sin cesar, unas veces rápida y otras lenta, pero nunca estuve quieta, como mujer, hacer lo mismo no puedo”, se dijo el antiguo arroyuelo.

Por suerte, una casita con un farol destacaba en el paisaje, y hacia allí, dando saltitos de alegría se dirigió la dama.

Llamó a la puerta y le abrió un joven cazador: “Por favor, no tengo donde dormir ni qué cenar, ¿podría pasar la noche aquí?”

Claro que sí, iba a cenar, hay para los dos, pasad.

Cuando la joven entró vio con horror unos animales muertos que el joven ese día mató.

Cuando era arroyo ellos venían a beber a mis aguas, musitó.

¿Por qué os habéis entristecido?, le preguntó el cazador.

Eran amigos míos.

¡Qué cosas decís!, son animales de la montaña, a los hombres no acompañan.

Entonces la joven vio un espejo en la pared y se acercó para su rostro poder ver.

Os miráis como si fuese la primera vez, dijo el joven cazador.

Y así es, nunca antes mi rostro vi, y no sé si soy hermosa o fea.

Tenéis los ojos del cielo, la piel del cristal más puro y vuestros rasgos evocan música y alegría, en verdad, a nadie tan hermoso he visto en mi vida.

La joven se sentó tímidamente, y como era la primera vez que comía, sólo quiso algo de fruta, a tomar la carne de sus antiguos amigos se resistía.

Luego, la mujer, cansada, se dejó caer en la cama y durmió hasta el amanecer. El cazador, un caballero, durmió en el salón sobre el suelo, y durmió bien, pues sobre la tierra había descansado más de una vez.

Por la mañana, la joven se quiso marchar. Gracias querido amigo por tu hospitalidad, pero mi sino es no quedarme en ningún lugar.

De nada valieron los ruegos del joven cazador. El antiguo arroyuelo vivía en la dama y seguir camino era lo que le pedía su alma.

Como dama, el arroyuelo vagó y vagó sin rumbo fijo. Fuera de su caudal, no sabía a dónde llegar. Ni se casó ni tuvo hijos, para eso hay que parar en algún sitio, pero aquella joven dama que siempre encontraba asilo, con el nuevo día su viaje otra vez emprendía.

Los años pasaron y la dama se hizo mayor, sus cabellos encanecieron y sus fuerzas decayeron, buscó el mar y en él se metió más y más adentro. Como no sabía nadar se empezó a ahogar, entonces el hada se le apareció de nuevo.

Hada del bosque, siempre añoré mi verdadera vida, ¡conviérteme de nuevo en agua cristalina.

¡Pobre arroyuelo!, tu cauce se secó y la vida de aquel lugar se transformó. Se te echó de menos, el agua es siempre la expresión más pura de la vida, pero tú quisiste otra suerte, y ésta es la que ahora tienes.

La dama empezó a llorar, pero vio que sus lágrimas con el mar se fundían y sintió una gran alegría. ¡Mi alma es agua, ya estoy en casa! Y feliz, al mar se entregó encantada.

Y aquí termina esta historia de este pequeño arroyuelo-dama, pues aunque nos cambien la forma no nos cambiarán el alma.





viernes, 7 de agosto de 2009

Retrato de Rosario.


Retrato de Rosario a pastel. Tamaño 50 x 80 cms.

Arual, la niña guerrera.

Hace muchos, muchísimos años, en un lejano país, nació una preciosa niña a la que pusieron de nombre Arual. La pequeña crecía sana y fuerte, bendecida por muchos dones, pero como no hay nada perfecto en este mundo, Arual era una niña guerrera que no paraba quieta y llevaba de cabeza a familiares y amigos, que hartos de que no hiciera caso a sus monsergas, la habían dejado por imposible e indomesticable: Arual hacía lo que le venía en gana y cuando ella lo decidía.

Hay que decir que Arual tenía muy buen corazón y era muy generosa y alegre, el problema era que se había adelantado a su tiempo y en lugar de ser sumisa y aplicada con las tareas domésticas, Arual corría descalza por el campo, no le tenía miedo a nada, y cosa inaudita para aquel entonces, ¡quería estudiar!

El caso es que Arual no entendía a su familia ni ésta la entendía a ella, así que sintiéndose incomprendida, se marchó de casa llevándose una pequeña canasta con algo de ropa y comida.

Al poco, el pueblo quedaba atrás y Arual traspasaba los límites que éste le había impuesto toda su vida. Se sentía más libre y feliz que nunca, orgullosa de renunciar a la comodidad y seguridad conocida para adentrarse en lo desconocido y tal vez peligroso, sin más protección y ayuda que ella misma.

Tras mucho caminar, Arual llegó a una encrucijada, una flecha señalaba hacia un pueblo, la otra hacia un castillo. Arual no dudó, tomó el camino que conducía al castillo, y al amanecer llegó a las puertas del imponente edificio. Como Arual había caminado toda la noche, se sentó un momento a descansar y se quedó profundamente dormida.

Cuando despertó la mañana lucía esplendorosa, sin embargo, las puertas del castillo seguían cerradas a cal y canto. ¡Qué extraño, se dijo Arual, ni abren las puertas ni hay soldados vigilando., parece que el castillo estuviese abandonado. El misterio atrajo de inmediato el corazón guerrero de Arual y decidió que lograría entrar en el castillo, pero éste permanecia cerrado y su secreto bien guardado.

Pues entraré, se dijo Arual al caer la noche, no sé cómo pero lo lograré.

“Otros lo han intentado antes que tú y han fracasado”, escuchó tras de sí.

Arual se volvió para encontrarse ante un anciano tan delgado que tuvo que acercarse para comprobar que no era un palo.

Quién eres, le preguntó, y por qué me dices eso.

Soy el guardián del castillo y de su secreto. Ante el que va a intentar entrar siempre me aparezco.

Pero para qué te apareces, no te entiendo.

El castillo no solo guarda un secreto, grandes peligros te esperan dentro, yo te aviso para que te marches por donde has venido.

¡Pues no me pienso marcha!, dijo con convicción Arual.

Está bien, musitó el anciano, al menos ya te he avisado.

Y diciendo esto pareció adelgazar aún más y se elevó con el viento, Arual lo vio alejarse en el ancho cielo, más parecido a una nube que a un viejo.

Entonces, decidida, se acercó a las puertas del catrillo y gritó: ¡abrid ahora mismo!

Y en ese instante las puertas se abrieron y Arual entró dentro, oyendo cómo las puertas se cerraban tras ella con estruendo. Por lo pronto, la joven vio ante sí una gran mesa cubierta de ricos manjares, de los que sin perder un instante se dedicó a dar buena cuenta, y en ello estaba cuando vio que al otro lado de la sala unas ancianas, viejas reviejas con curiosidad la miraban.

Como Arual no se asustaba de nada y se alegraba de tener compañía, las saludó con simpatía y les pidió: ¡venid a comer conmigo!

Las viejas reviejas la miraron sorprendidas. En toda nuestra larga vida, dijo una, nadie nos invitó al festín, aceptamos encantadas. Y riendo y saltando, como si de traviesas niñas se tratara, las viejas reviejas junto a Arual se sentaron.

¿No te asustamos?, le preguntaron.

¿Por qué? dijo Arual, os estoy agradecida por haberme preparado esta comida, qué menos que con vosotras la quiera compartir.

Las ancianas rieron encantadas y llevaron a Arual a otra sala cubierta de espejos, en ellos la joven se vio tan vieja como sus anfitrionas, y a ellas las vio tan jóvenes como ella.

¡Son espejos mágicos!, dijo Arual

Si, le respondieron, son espejos mágicos que todo lo muestran del revés.

¡Así seré yo de viejecita!, dijo divertida Arual, señalando su imagen sonriente en los espejos.

¡Y así éramos nosotras de jovencitas!, corearon las ancianitas.

Las viejas reviejas empujaron a Arual a otra gran sala y entre risas le cerraron la puerta. Dentro todo estaba oscuro y sólo alumbraba una vela, bajo cuya luz todo parecía moverse y dar miedo, pero Arual, suspiró feliz al ver una cama y se acostó en ella. Al momento, del armario salió un monstruo terrible y se acercó a la joven dispuesto a asustarla, pero Arual se había quedado profundamente dormida y ni gemidos ni sacudidas la despertaban, pues estaba del sueño cautiva.

El monstruo, perplejo salió a contarle a las viejas reviejas que Arual de él no se había asustado porque profundamente dormida se había quedado. ¡Tampoco le asusta contemplar su propia vejez!, dijeron las ancianas, esta joven es más guerrera que todos los jóvenes que en este castillo cayeron.

Pues dejémosla dormir, se lo ha ganado ya que de mí no se ha asustado.

Arual se despertó a la mañana siguiente muy feliz, ¡estaba en el castillo!, ¡y había un secreto que encontrar!, pero… ¿por dónde empezar?
La joven entró en un pasadizo que la llevó hasta un frondoso jardín de altos árboles, que parecían tener ojos vigilantes y porte amenazador.

Este lugar es muy misterioso, se dijo Arual, y los árboles parecen soldados de los que hubiese que tener cuidado. Entonces salió corriendo por donde había entrado, pero no huía ni estaba asustada, iba a la habitación de los espejos a por uno que vio estaba suelto. Con él regresó por el pasadizo corriendo, y al llegar al jardín a los árboles les mostró el espejo, y éstos en él se miraron, y su actitud cambiaron, porque su reflejo, del revés, les mostró unos árboles amigables y tiernos, y con Arual así fueron.

Bueno, mostradme el secreto, les pidió Arual sonriendo.

Entonces los árboles sus ramas abrieron y de ellos, cientos de jóvenes guerreros cayeron, despertando así de un largo sueño.

Los jóvenes recordaron sus miedos y cómo éstos les sumieron, como por hechizo, en el profundo sueño.

Tú eres el mejor guerrero, a Arual le dijeron, contigo a nuestro lado no tendremos miedo. Los jóvenes rompieron los espejos, las puertas del castillo abrieron y por ahí, las viejas reviejas y el monstruo, convertidos en cuervos, huyeron volando muy lejos.

El castillo será tuyo, le dijeron a Arual los jóvenes guerreros, te lo debemos por salvarnos del mágico sueño.

Arual aceptó quedarse con tan gran castillo y lo convirtió en un hospedaje muy fino. Contrató sirvientes, cocineros y guardianes, y cuentan que hasta los reyes fueron allí a hospedarse.

Y colorín colorado este cuento dedicado a la pequeña niña guerrera Laura, se ha acabado.

domingo, 5 de julio de 2009

Retrato de Paquita Torres.


Retrato a pastel de Paquita Torres en su cametino. tamaño 68x95

Maipi fumando


Retrato a pastel de Maipi fumando, tamaño 50x83

EL HILO DE PLATA

Manolito era un muchacho larguirucho y nervioso que nunca paraba quieto. Su madre, a menudo se lamentaba ¡Cuándo sentará la cabeza este hijo mío, ya va siendo hora!. Pero Manolito, que acababa de cumplir quince años, seguía moviéndose más rápido que una ardilla y sus largas manos tenían que tocar todo lo que tenían a su alcance, no sabemos si por necesidad, por hábito, o por las dos cosas.

El pueblo en el que vivía Manolito era pequeño y humilde. La mayoría de sus habitantes se dedicaban a la agricultura y al cuidado de algunos animales. La casa de la familia de Manolito daba a un pequeño huerto en el que se plantaban verduras y algunos árboles frutales como el albaricoquero, la higuera, el limonero o los granados.

Una tarde de verano, cuando todos dormían la siesta, pues era tal el calor que ni los insectos se movían, Manolito se sentó entre unas matas de habas y fue a coger una de las vainas cuando, enganchada en ella observó un hilo de plata que se enterraba en la tierra. Tiró de él y con facilidad, el hilo que sólo estaba cubierto de tierra muy superficialmente, se mostraba brillando intensamente bajo la luz del sol.

Manolito estaba fascinado por su hallazgo. Nunca antes había visto nada igual, así que se puso de pie y fue tirando hacia arriba del hilo que seguía emergiendo fuera de la huerta y luego fuera del pueblo.

Manolito no pensaba más que en descubrir a dónde llevaba el hilo de plata y lo seguía a pesar de que cada vez se alejaba más de su casa y de su pueblo. Ni siquiera el hambre o la caída de la noche le detuvieron. Por fin, rendido de cansancio se echó a dormir a los pies de un árbol, sujetando entre sus dedos el cordón plateado, asegurándose de que no se escaparía de su mano mientras dormía.

Se despertó a altas horas de la mañana, sediento y hambriento, pero la curiosidad por seguir hasta el final al hilo de plata le hizo continuar adelante en lugar de volver al pueblo y a su casa. El hilo le iba indicando el camino conforme salía a la superficie. Al poco, llegó donde unos leñadores almorzaban y al ver al muchacho con aire despistado y hambriento le invitaron a comer y beber con ellos. Agradecido, Manolito compartió la comida de aquellos hombres rudos, pero evitó, como pudo, contestar a sus preguntas. Ellos no veían el cordón plateado que Manolito sujetaba entre sus dedos y él no dijo una sola palabra de que lo había dejado todo por seguir el camino que ese extraño hilo le indicaba.

Después de comer con aquellos hombres, Manolito se despidió agradecido y con fuerzas renovadas y sonriente continuó el camino. Y los días se fueron sucediendo sin que Manolito, ni por un momento, se plantease volver atrás. Al contrario, conforme pasaba el tiempo, se sentía más intrigado por descubrir dónde terminaba ese hilo de plata. Hasta entonces, el hilo de plata le había conducido a través de muchos pueblos y ciudades donde, curiosamente, siempre le ofrecían lo que necesitaba para continuar su camino.

Gracias al hilo de plata, que seguía emergiendo sin fin de la tierra, Manolito era ahora un hombre de mundo y sin miedo a nada, por eso, cuando el hilo de plata le llevó hasta las puertas de un espléndido y tenebroso castillo, no sintió miedo y llamó confinadamente, pero las puertas no se abrieron y Manolo se sentó cerca a esperar pacientemente el momento en que se abrieran. Y ese momento llegó al anochecer, cuando el cielo se vestía de oscuro y se adornaba de las primeras estrellas, entonces las puertas se abrieron de par en par y Manolo, sin dudarlo, entró en el castillo. Nada más hacerlo, las puertas volvieron a cerrarse como si, igual que las hubiese abierto la nada, la nada las cerrase.

Dentro, la estancia era magnífica y también cálida gracias a una gran chimenea encendida. En el centro, adornada con altas velas, había una regia y larga mesa dispuesta para recibir invitados. Deliciosos manjares estaban dispuestos en bellas bandejas y Manolo iba a sentarse para dar cuenta del festín, cuando el hilo de plata dio un tirón de su mano y Manolo siguió el camino por las escaleras hacia las habitaciones de arriba.

Aunque apenas había luz, la luna llena dejaba entrar sus rayos por las grandes ventanas iluminando las paredes de piedra y los cuadros que colgaban de ellas. Arriba, Manolo entró en una habitación y vio a una anciana vestida con ricas telas plateadas que cosía una labor con un hilo de plata ¡el hilo de plata que Manolo llevaba entre los dedos!.

La anciana y Manolo se miraron con curiosidad y sin decir una palabra. La anciana parecía haberle estado esperando toda la vida y él parecía haberla estado buscando desde que encontró el hilo de plata.

Entonces, la anciana dama, con un elegante gesto, indicó a Manolo que se sentase junto a ella y cuando estuvieron cerca, la anciana cogió el hilo de plata de manos de Manolo y terminó con él la labor. Manolo la contemplaba hechizado porque nunca antes, en su largo caminar, había tenido ante sí a nadie tan hermoso. Aquélla anciana era la personificación de la belleza y expresaba la máxima belleza en sus gestos y en su sonrisa. Ninguna bella joven podía compararse a la belleza de aquella mujer, a pesar de su avanzada edad.

Y mientras estaba en estos pensamientos ocurría que la anciana parecía más y más joven a cada instante que pasaba, por lo que ante el atónito Manolo se transformó en una joven de increíble hermosura.

Manolo no podía soportar tanta belleza y miró al suelo, decidido a conquistar a aquella mujer fuese quien fuese. Mas la mujer, que parecía leer sus pensamientos, le cogió la cara entre las manos y le besó la frente susurrándole ¡pobre mortal, te has enamorado de la luna!, y dicho esto se fue afinando hasta ser ella misma un hilo de plata que atravesó la ventana y se elevó más y más alto hasta alcanzar la luna.

Pero a Manolo, que no le había detenido el miedo, ni el hambre ni los peligros para seguir su hilo de plata, menos ahora iba a detenerse, y cogiendo el hilo de plata trepó por él hasta llegar a la luna. Allí le esperaba su amada en un castillo exactamente igual al que le esperó en la tierra. La luna lucía aún más hermosa y su luz de plata era tan brillante como la luz de plata en la que Manolo se había convertido.

Y fue así como Manolo se quedó a vivir con la luna y no regresó nunca más como hombre a la tierra aunque gusta de visitar a sus padres y a los pueblos por los que pasó de la mano de la luna, como luz de ella.

miércoles, 1 de julio de 2009

LA OLA ENGREÍDA

Era un precioso día de principios de otoño. Algunos hombres paseaban por la orilla de la playa disfrutando de la tranquilidad que a primera hora reinaba en el lugar.

La arena, fina y dorada, estaba tan quieta que parecía dormir, y el mar se había quedado en silencio, inmóvil, como expectante.

Pronto, una suave brisa empezó a levantar pequeños remolinos dorados y hacer encajes en el agua de la orilla.

Y un poco después, un fuerte viento se hizo el amo de la costa, desatando sobre ella su furia y poder.

Los caminantes desistieron de su paseo, la arena corría de un lado a otro y el mar mostró su bravura con grandes olas. De muy atrás, en alta mar, nacía una , y otra , y otra. Una de ellas se comparaba con las demás y decía: ¡soy la más grande! ¡Pronto, mi altura será tan colosal que ninguna otra ola la superará!.

Y así fue, la ola creció y creció hasta parecer un gigante, que rompió con toda su fuerza acercándose rápidamente a la orilla. ¡No!, decía nuestra ola, ¡no quiero morir!. Es injusto que una ola tan magnífica como yo tenga que tener el mismo final que todas.

Pero no había vuelta atrás. La ola engreída era agua del mar igual que las otras olas, y el mar la disolvió y unió al resto, para formar nuevas olas que bailasen con el viento.

Niña dominicana en la playa

Este es un retrato a pastel de una niña cuya sonrisa me cautivó.
Medidas 83x49cm.

Niño con Gallo


Este es un retrato a pastel de un niño de Santo Domingo con un gallo de pelea.
Medidas: 83x49cm

EL NIÑO DE SIETE CABEZAS

Hace muchos años, en unas lejanas tierras, nació un niño con siete cabezas, todas iguales, de pelo negro rizado, grandes ojos negros y boca pequeña.

Loa padres se desembarazaron de él dejándolo abandonado a su suerte en el bosque cercano a aquel pueblo, tras haberle pagado a la comadrona una buena suma de dinero, para que dijese que el bebé había nacido muerto y pronto lo habían enterrado.

Pasaron los años y de aquel niño de siete cabezas los padres se habían olvidado. No habían tenido más hijos por temor a que saliese otro parecido y ambos, marido y mujer se habían dedicado por completo a sus trabajos, él era funcionario y ella cocinaba dulces que vendía a vecinos y amigos.

Un día apareció en el pueblo una mujer muy anciana que aparentaba tener más de cien años, su rostro estaba completamente arrugado aunque sus ojos brillaban mostrando un espíritu joven y fuerte. Vestida totalmente de negro, buscaba a una mujer que hubiese dado a luz hacía diez años, a principios de verano.

La gente le explicó que esa mujer era Rosa, la cocinera de exquisitos dulces, que había tenido a su hijo a principios de verano de hacía diez años, pero por desgracia aquel niño había nacido muerto. La anciana quiso que le mostrasen la casa donde Rosa vivía y cuando llegó llamó a la puerta.

Cuando Rosa abrió la puerta y vio a la anciana palideció, instintivamente supo que aquella mujer no acudía a comprarle sus pasteles sino que la visitaba por otra cuestión no tan dulce.

Cuando estuvieron a solas, la anciana mujer, sin presentarse siquiera le increpó: ¿Cómo pudiste abandonar a tu hijo de siete cabezas?

Rosa la miraba atónita mientras respondía débilmente: mi hijo murió al nacer.

¡Mentira!, exclamó la mujer. Abandonaste a tu hijo en el bosque para que muriese, pero tu hijo vivió gracias a mí, que lo encontré y recogí.

La pastelera se echó a llorar. ¿Quién eres?, le preguntó entre sollozos.

¿Quién soy?, ¿qué más te da? ¿No te importa más saber cómo está tu hijo?

¿Cómo está?, preguntó la mujer.

Es un niño muy especial, no sólo porque como sabes, tiene siete cabezas, sino por cómo las usa.

¿Puedo verlo?

Claro que puedes, eres su madre y, sobretodo, él quiere conocerte, por eso estoy aquí, le he prometido que regresaría contigo. Vamos ahora.

¿Ahora dices? ¿No debería esperar a mi marido?

No, él sólo quiere conocerte a ti.

Rosa se quitó el delantal, apagó el horno donde se cocían sus pasteles y salió de la casa junto a la anciana, internándose con ella en el bosque.

Anduvieron en silencio durante un par de horas y llegaron ante un árbol de tronco enorme, allí la anciana dio un salto y como por arte de magia desapareció dentro de él. Haz lo mismo que yo, le dijo a Rosa.

Rosa hizo exactamente lo mismo y desapareció al igual que la anciana. Dentro del tronco había oscuridad total, la anciana sacó de su bolsillo una vela y unas cerillas, al encender la vela, Rosa pudo ver unas escaleras que bajaban a una sala excavada bajo tierra.

¿Vives aquí?, le preguntó a la anciana.

Ésta no dijo nada, se limitó a bajar ágilmente los escalones, en la sala había una gran mesa con varias velas dispuestas que la anciana encendió.

Voy a llamar a tu hijo, dijo la anciana.

Rosa se sentó en una de las toscas sillas y se echó a temblar. Tenía verdadero miedo de enfrentarse a aquel hijo que había abandonado y al que habían olvidado aquellos años.

En esos pensamientos estaba mientras la anciana llamaba a una puerta al fondo: Sal, hijo mío, tu madre está aquí.

La puerta se abrió rápidamente y salió un niño alto, moreno y de grandes ojos negros, que se acercó a Rosa decidido, mirándola atentamente. ¿Eres mi madre?, le preguntó.

Rosa miraba al chico sin saber qué decir, ¡claro que era su madre!, recordaba su pelo negro y ensortijado, sus grandes ojos negros y su boca pequeña, ¿pero y las otras cabezas?, Rosa no entendía nada. Aquel niño era totalmente normal.

Tu hijo tiene siete cabezas, dijo la anciana al fin, y utiliza una cada día de la semana, y cada día de la semana es un nuevo niño. En realidad, tú tuviste siete hijos de una vez, no uno.

No comprendo nada, ¿cómo puede mi hijo separarse de las otras cabezas?

Ni yo misma lo sé. Tu hijo es un misterio también para mí. Por la noche, en la cama duerme un niño de siete cabezas, y por la mañana se levanta el mismo niño con solo una cabeza por día, las otras siguen durmiendo.

Pero son todas iguales, ¿cómo las distingues?

Por la voz, dijo la anciana, y por el carácter. A cada una le di un nombre: Juan es el nombre de la cabeza de los lunes, Alberto de los martes, Carlos de los miércoles, Vicente de los jueves, Mariano de los viernes, Alfonso de los sábados y Ricardo de los domingos.

Entonces, dijo Rosa, he conocido a mi hijo Alberto, porque hoy es martes.

Sí, dijo la anciana, tendrás que esperar a mañana para conocer a tu hijo Carlos, y si quieres conocer a los otros tendrás que permanecer aquí hasta que pasen siete días.

Mi marido se preocupará, dijo Rosa, y se alarmará si no regreso por la noche.

Está bien, dijo la anciana, pero vuelve mañana, todos tus hijos quieren conocerte.

Rosa abrazó al niño que la seguía mirando fijamente, sin decir una palabra más, y prometió visitarles al día siguiente.

Aquella noche, Rosa no pudo dormir, y su marido tampoco, pues ella le contó todo lo que le había ocurrido.

Te acompañaré mañana, dijo el hombre, pero cuando al día siguiente llegaron ante el enorme árbol, Rosa desapareció dentro de él, quedando fuera su marido tras darse un tremendo golpe contra el tronco.

Dentro reinaba oscuridad total, así que Rosa sacó una vela de su bolso y la encendió, bajó las escaleras y en la sala se encontró con la anciana y el mismo niño.

Éste es tu hijo Carlos, le dijo la anciana, y al niño: ésta es tu madre.

El niño se acercó con una gran sonrisa. ¡Mamá!, le dijo, ¡tenía tantas ganas de conocerte! Su voz era cantarina y risueña. Rosa abrazó a su hijo con alegría y ambos cantaron canciones. Carlos tenía una voz extraordinaria. Rosa estaba entusiasmada. ¡Mañana regresaré! Le dijo a la anciana al despedirse.

Fuera encontró a su marido impaciente, harto de esperar. Por el camino le fue contando que había conocido a su hijo Carlos, que le había llamado mamá, que tenía una maravillosa voz…

¡Mañana conoceré a Vicente!, pensó al acostarse, y tampoco esa noche pudo dormir, presa del deseo de conocer a sus otros hijos.

Al día siguiente, de nuevo sólo ella puedo entrar en el tronco del árbol y esta vez, aparte de la vela llevaba en el bolso ricos pasteles que a Vicente le encantaron. Resultó que este hijo suyo era un glotón y apenas le hizo caso a ella, dando buena cuenta de los dulces que le había llevado.

La anciana le preguntó si regresaría la tarde siguiente a conocer a su hijo Mariano. Rosa lo prometió antes de marchar. Su marido la esperaba fuera, y de camino a casa Rosa le contó lo mucho que le gustaba comer a su hijo Vicente, igual que a tu padre, recalcó.

Aquella noche, Rosa tampoco pudo dormir y se levantó con marcadas ojeras Mujer, tienes que descansar, fíjate en la cara de cansada con que te has levantado.

Pero Rosa no pensaba en otra cosa que en conocer a su hijo Mariano, y a la hora convenida, dejó a su marido fuera y ella entró en el tronco del gran árbol.

La anciana la esperaba con el que parecía ser el mismo niño, sin embargo éste, aunque igual que los otros, parecía muy tímido y se escondía tras la anciana, no quería acercarse a ella.

Rosa le suplicó y explicó que no le haría nada malo, que sólo deseaba abrazarle y hacerle saber que le quería, pero el niño, obstinado se protegía tras la anciana, y Rosa regresó junto a su marido sin haberle podido hacer una caricia ni dado un beso, ni siquiera había conseguido que su hijo Mariano la mirase.

Con esa pena no pudo dormir esa noche, y ya se le notaba la falta de descanso, sin embargo, no quiso dejar de ir al bosque, tenía que conocer a su hijo Alfonso.

Resultó que Alfonso era muy travieso y un poco desvergonzado, cuando quiso abrazarlo le propinó un empujón que casi la tira y luego corrió por la habitación sin dejarse coger, burlándose de ella:” Tú no eres mi madre”, le cantaba, “mi madre está ahí sentada”, y señalaba a la anciana que sonreía complacida.

Esta vez Rosa anduvo hacia su casa sin poderle contar a su marido cómo era su hijo Alfonso, porque no paraba de sollozar. De tristeza, tampoco pudo dormir aquella noche.

Su marido estaba realmente preocupado: Rosa, así no pues seguir, trabajando por las mañanas y sin dormir por las noches, y dándote largas caminatas por el bosque por las tardes, te estás quedando en los huesos y has perdido el color,¡ vas a enfermar!

Rosa escuchaba a su marido sin entrar en razón, estaba decidida a conocer a su hijo Ricardo y no pensaba faltar a la cita por nada de este mundo.

A Ricardo, aparte de los dulces le llevó unos juguetes que el niño cogió encantado, era un niño muy educado y noble, le explicó a Rosa que se alegraba de conocerla al fin, y Rosa, feliz, le apretó contra su pecho llorando de alegría.

Y alegre fue, junto a su marido, el camino de regreso a casa. Tan contenta estaba que aquella noche tampoco durmió pensando en su maravilloso hijo Ricardo.

Por la mañana, Rosa no parecía ni su sombra, pero hizo oídos sordos a las súplicas de su marido y se dispuso a ir al bosque por la tarde.

Caminaron en silencio hasta llegar al enorme tronco, entones el hombre sujetó a su mujer para que no saltase dentro. No vayas, Rosa, estás débil, son demasiadas emociones.

Suéltame, le exigió ella con frialdad, luego nos veremos.

Abajo, en la sala estaba en la anciana con su hijo Juan, el único que le faltaba por conocer.

Juan se acercó a ella y cogiéndole las manos le dijo: mamá, qué bien que por fin que estés conmigo, prométeme que no me abandonarás nunca más.

Rosa sabía lo que esa promesa implicaba y aún así no dudó: Prometo que jamás te abandonaré, hijo mío, y abrazó a su hijo, emocionada. La anciana se levantó apagando las velas con su movimiento, por lo que se hizo oscuridad total. Entonces Rosa pudo por fin dormir…

Empezamos un nuevo camino.

Este es un blog creado para publicar mis cuentos y pinturas, espero que los disfrutéis tanto como yo.

Besos a tod@s y estamos en contacto