domingo, 5 de julio de 2009

EL HILO DE PLATA

Manolito era un muchacho larguirucho y nervioso que nunca paraba quieto. Su madre, a menudo se lamentaba ¡Cuándo sentará la cabeza este hijo mío, ya va siendo hora!. Pero Manolito, que acababa de cumplir quince años, seguía moviéndose más rápido que una ardilla y sus largas manos tenían que tocar todo lo que tenían a su alcance, no sabemos si por necesidad, por hábito, o por las dos cosas.

El pueblo en el que vivía Manolito era pequeño y humilde. La mayoría de sus habitantes se dedicaban a la agricultura y al cuidado de algunos animales. La casa de la familia de Manolito daba a un pequeño huerto en el que se plantaban verduras y algunos árboles frutales como el albaricoquero, la higuera, el limonero o los granados.

Una tarde de verano, cuando todos dormían la siesta, pues era tal el calor que ni los insectos se movían, Manolito se sentó entre unas matas de habas y fue a coger una de las vainas cuando, enganchada en ella observó un hilo de plata que se enterraba en la tierra. Tiró de él y con facilidad, el hilo que sólo estaba cubierto de tierra muy superficialmente, se mostraba brillando intensamente bajo la luz del sol.

Manolito estaba fascinado por su hallazgo. Nunca antes había visto nada igual, así que se puso de pie y fue tirando hacia arriba del hilo que seguía emergiendo fuera de la huerta y luego fuera del pueblo.

Manolito no pensaba más que en descubrir a dónde llevaba el hilo de plata y lo seguía a pesar de que cada vez se alejaba más de su casa y de su pueblo. Ni siquiera el hambre o la caída de la noche le detuvieron. Por fin, rendido de cansancio se echó a dormir a los pies de un árbol, sujetando entre sus dedos el cordón plateado, asegurándose de que no se escaparía de su mano mientras dormía.

Se despertó a altas horas de la mañana, sediento y hambriento, pero la curiosidad por seguir hasta el final al hilo de plata le hizo continuar adelante en lugar de volver al pueblo y a su casa. El hilo le iba indicando el camino conforme salía a la superficie. Al poco, llegó donde unos leñadores almorzaban y al ver al muchacho con aire despistado y hambriento le invitaron a comer y beber con ellos. Agradecido, Manolito compartió la comida de aquellos hombres rudos, pero evitó, como pudo, contestar a sus preguntas. Ellos no veían el cordón plateado que Manolito sujetaba entre sus dedos y él no dijo una sola palabra de que lo había dejado todo por seguir el camino que ese extraño hilo le indicaba.

Después de comer con aquellos hombres, Manolito se despidió agradecido y con fuerzas renovadas y sonriente continuó el camino. Y los días se fueron sucediendo sin que Manolito, ni por un momento, se plantease volver atrás. Al contrario, conforme pasaba el tiempo, se sentía más intrigado por descubrir dónde terminaba ese hilo de plata. Hasta entonces, el hilo de plata le había conducido a través de muchos pueblos y ciudades donde, curiosamente, siempre le ofrecían lo que necesitaba para continuar su camino.

Gracias al hilo de plata, que seguía emergiendo sin fin de la tierra, Manolito era ahora un hombre de mundo y sin miedo a nada, por eso, cuando el hilo de plata le llevó hasta las puertas de un espléndido y tenebroso castillo, no sintió miedo y llamó confinadamente, pero las puertas no se abrieron y Manolo se sentó cerca a esperar pacientemente el momento en que se abrieran. Y ese momento llegó al anochecer, cuando el cielo se vestía de oscuro y se adornaba de las primeras estrellas, entonces las puertas se abrieron de par en par y Manolo, sin dudarlo, entró en el castillo. Nada más hacerlo, las puertas volvieron a cerrarse como si, igual que las hubiese abierto la nada, la nada las cerrase.

Dentro, la estancia era magnífica y también cálida gracias a una gran chimenea encendida. En el centro, adornada con altas velas, había una regia y larga mesa dispuesta para recibir invitados. Deliciosos manjares estaban dispuestos en bellas bandejas y Manolo iba a sentarse para dar cuenta del festín, cuando el hilo de plata dio un tirón de su mano y Manolo siguió el camino por las escaleras hacia las habitaciones de arriba.

Aunque apenas había luz, la luna llena dejaba entrar sus rayos por las grandes ventanas iluminando las paredes de piedra y los cuadros que colgaban de ellas. Arriba, Manolo entró en una habitación y vio a una anciana vestida con ricas telas plateadas que cosía una labor con un hilo de plata ¡el hilo de plata que Manolo llevaba entre los dedos!.

La anciana y Manolo se miraron con curiosidad y sin decir una palabra. La anciana parecía haberle estado esperando toda la vida y él parecía haberla estado buscando desde que encontró el hilo de plata.

Entonces, la anciana dama, con un elegante gesto, indicó a Manolo que se sentase junto a ella y cuando estuvieron cerca, la anciana cogió el hilo de plata de manos de Manolo y terminó con él la labor. Manolo la contemplaba hechizado porque nunca antes, en su largo caminar, había tenido ante sí a nadie tan hermoso. Aquélla anciana era la personificación de la belleza y expresaba la máxima belleza en sus gestos y en su sonrisa. Ninguna bella joven podía compararse a la belleza de aquella mujer, a pesar de su avanzada edad.

Y mientras estaba en estos pensamientos ocurría que la anciana parecía más y más joven a cada instante que pasaba, por lo que ante el atónito Manolo se transformó en una joven de increíble hermosura.

Manolo no podía soportar tanta belleza y miró al suelo, decidido a conquistar a aquella mujer fuese quien fuese. Mas la mujer, que parecía leer sus pensamientos, le cogió la cara entre las manos y le besó la frente susurrándole ¡pobre mortal, te has enamorado de la luna!, y dicho esto se fue afinando hasta ser ella misma un hilo de plata que atravesó la ventana y se elevó más y más alto hasta alcanzar la luna.

Pero a Manolo, que no le había detenido el miedo, ni el hambre ni los peligros para seguir su hilo de plata, menos ahora iba a detenerse, y cogiendo el hilo de plata trepó por él hasta llegar a la luna. Allí le esperaba su amada en un castillo exactamente igual al que le esperó en la tierra. La luna lucía aún más hermosa y su luz de plata era tan brillante como la luz de plata en la que Manolo se había convertido.

Y fue así como Manolo se quedó a vivir con la luna y no regresó nunca más como hombre a la tierra aunque gusta de visitar a sus padres y a los pueblos por los que pasó de la mano de la luna, como luz de ella.

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