miércoles, 1 de julio de 2009

LA OLA ENGREÍDA

Era un precioso día de principios de otoño. Algunos hombres paseaban por la orilla de la playa disfrutando de la tranquilidad que a primera hora reinaba en el lugar.

La arena, fina y dorada, estaba tan quieta que parecía dormir, y el mar se había quedado en silencio, inmóvil, como expectante.

Pronto, una suave brisa empezó a levantar pequeños remolinos dorados y hacer encajes en el agua de la orilla.

Y un poco después, un fuerte viento se hizo el amo de la costa, desatando sobre ella su furia y poder.

Los caminantes desistieron de su paseo, la arena corría de un lado a otro y el mar mostró su bravura con grandes olas. De muy atrás, en alta mar, nacía una , y otra , y otra. Una de ellas se comparaba con las demás y decía: ¡soy la más grande! ¡Pronto, mi altura será tan colosal que ninguna otra ola la superará!.

Y así fue, la ola creció y creció hasta parecer un gigante, que rompió con toda su fuerza acercándose rápidamente a la orilla. ¡No!, decía nuestra ola, ¡no quiero morir!. Es injusto que una ola tan magnífica como yo tenga que tener el mismo final que todas.

Pero no había vuelta atrás. La ola engreída era agua del mar igual que las otras olas, y el mar la disolvió y unió al resto, para formar nuevas olas que bailasen con el viento.

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